La ansiedad es uno de los motivos más comunes por los que las personas acuden a terapia. Puede manifestarse como una preocupación constante, darle demasiadas vueltas a las cosas, irritabilidad, perfeccionismo, dificultad para dormir, tensión física, evasión o, simplemente, la sensación de que algo va mal, incluso cuando no se puede explicar exactamente por qué.
En el caso de los adolescentes, la ansiedad puede manifestarse de forma algo diferente. Un adolescente puede sentirse abrumado por el colegio, las notas, las amistades, las situaciones sociales, los deportes, las expectativas familiares o la incertidumbre sobre el futuro. A veces, la ansiedad se manifiesta como irritabilidad, procrastinación, aislamiento emocional, dolores de estómago, dolores de cabeza, dificultad para dormir o evitación de situaciones que le resultan incómodas.
En mi trabajo tanto con adolescentes como con adultos, ayudo a los clientes a comprender la ansiedad, en lugar de limitarme a intentar que desaparezca. La ansiedad afecta tanto a la mente como al cuerpo, por lo que creo que la terapia debe abordar ambos aspectos.
La ansiedad forma parte de nuestro sistema natural de supervivencia. Nuestro cerebro y nuestro cuerpo están diseñados para detectar posibles peligros y prepararnos para reaccionar ante ellos. Cuando el sistema nervioso percibe una amenaza, el cuerpo puede activar una respuesta de lucha, huida, paralización o bloqueo.
Esto puede ocurrir cuando existe un peligro real, pero también puede suceder cuando nuestro cerebro percibe un peligro.
El cuerpo puede reaccionar ante estos pensamientos como si algo peligroso estuviera ocurriendo en ese mismo momento. La persona puede notar taquicardia, opresión en el pecho, respiración superficial, náuseas, malestar estomacal, sudoración, temblores, mareos, tensión muscular, inquietud o un fuerte deseo de huir. Comprender esta relación puede ser una parte importante de la terapia.
Rara vez hay una única causa para la ansiedad. En el caso de algunas personas, puede existir una vulnerabilidad biológica o genética a la ansiedad. El temperamento también influye. Algunas personas tienen, por naturaleza, un sistema nervioso más sensible o alerta ante posibles amenazas.
Las experiencias vitales también pueden influir. El estrés, los traumas , las relaciones difíciles, el acoso, la presión académica, los conflictos familiares, las transiciones importantes, las pérdidas, el perfeccionismo o el hecho de crecer en un entorno impredecible pueden influir en la forma en que aprendemos a responder ante la incertidumbre y el estrés.
A veces, la ansiedad surge porque el cerebro ha aprendido que ciertas situaciones son peligrosas, incluso cuando, en realidad, esas situaciones ya no suponen ningún peligro.
La evitación puede, entonces, reforzar involuntariamente la ansiedad. Cuando evitamos algo que nos da miedo, experimentamos un alivio temporal. El cerebro puede interpretar ese alivio como una prueba de que evitar la situación nos ha mantenido a salvo. La terapia puede ayudar a romper este ciclo.
Una de las cosas más importantes que enseño a mis clientes es que la ansiedad no es simplemente algo que ocurre en la mente. También se manifiesta en el cuerpo.
Cuando trabajo con la ansiedad, suelo animar a mis clientes a que se interesen por lo que les transmite su cuerpo. ¿Dónde sientes la ansiedad? ¿Es una opresión en el pecho? ¿Un nudo en el estómago? ¿Presión en la garganta? ¿Tensión en los hombros? ¿Calor en la cara? ¿Inquietud en las piernas? ¿La sensación de que necesitas huir?
Aprender a percibir estas sensaciones sin que nos asusten de inmediato puede ayudar a las personas a desarrollar una relación diferente con la ansiedad. En lugar de pensar: «Me pasa algo raro», empezamos a plantearnos: «Mi sistema nervioso está activado en este momento. ¿Qué me está intentando decir mi cuerpo?». Esto genera curiosidad en lugar de miedo.
Mi enfoque integra la conciencia somática —o basada en el cuerpo— junto con la terapia tradicional basada en la conversación. Puedo ayudar a los clientes a ralentizar el ritmo lo suficiente como para que se den cuenta de su respiración, sus sensaciones físicas, su tensión muscular, su postura, sus impulsos y los cambios que se producen en sus cuerpos.
Podemos practicar técnicas de conexión con la tierra, respiración, atención plena, movimiento, conciencia sensorial u otras estrategias que ayuden al sistema nervioso a reconocer que la persona se encuentra a salvo en el momento presente.
El objetivo no es necesariamente eliminar todas las sensaciones desagradables. En cambio, trabajamos para aumentar la capacidad de la persona para percibir, tolerar, comprender y regular esas sensaciones sin sentirse inmediatamente abrumada por ellas. Con el tiempo, los clientes pueden empezar a reconocer los primeros indicios de ansiedad y a reaccionar antes de que esta se vuelva insoportable.
También utilizo la terapia cognitivo-conductual (TCC) en mi trabajo con la ansiedad. La TCC nos ayuda a comprender la relación entre nuestros pensamientos, emociones, sensaciones físicas y comportamientos.
Ejemplo: Un adolescente tiene que hacer una presentación en el colegio. Puede pensar: «Voy a meter la pata y todos pensarán que soy tonto». Las emociones que puede sentir son el miedo y la vergüenza. A nivel físico, el adolescente puede notar que le late muy rápido el corazón, que suda, que tiene náuseas o que le oprime el pecho. El comportamiento resultante puede ser querer quedarse en casa o evitar la presentación.
En terapia, podemos ralentizar este proceso y analizarlo juntos. ¿Es ese pensamiento un hecho? ¿Qué pruebas lo respaldan? ¿Qué pruebas lo desmienten? ¿Hay otra forma posible de entender la situación? ¿Qué le dirías a un amigo que tuviera el mismo miedo? Y quizá lo más importante: ¿puedes sentir algo de ansiedad y, aun así, hacer aquello que te importa?
El objetivo de la TCC no es simplemente pensar en positivo. Se trata de desarrollar formas de pensar más realistas y flexibles, al tiempo que se modifican los comportamientos que, sin quererlo, pueden mantener la ansiedad.

Trabajar con adolescentes requiere un enfoque diferente al que se utiliza con los adultos. Los adolescentes no suelen querer sentarse en una consulta para que les den un sermón sobre cómo afrontar los problemas. La terapia debe parecerles relevante en relación con lo que realmente está ocurriendo en sus vidas.
Ayudo a los adolescentes a entender lo que ocurre en su cerebro y en su cuerpo, utilizando un lenguaje con el que puedan identificarse.
También ayudo a los adolescentes a distinguir entre un peligro real y una señal de alarma provocada por la ansiedad. Juntos, trabajamos en estrategias prácticas que pueden aplicar en el colegio, en casa, con los amigos y en situaciones estresantes.
A veces, el trabajo consiste en aprender a calmar un sistema nervioso alterado. Otras veces, consiste en acercarse poco a poco a algo que han estado evitando para que su cerebro aprenda: «Esto es incómodo, pero puedo soportarlo». Desarrollar esta confianza es una parte importante del tratamiento de la ansiedad.
Cuando procede, también trabajo con los padres. Ver cómo tu hijo lucha contra la ansiedad puede resultar difícil, y el instinto natural suele ser protegerlo de aquello que le hace sentir incómodo.
Pero, a veces, rescatar constantemente a un adolescente de la ansiedad puede reforzar, sin quererlo, la creencia de que no es capaz de afrontar situaciones difíciles. Ayudo a los padres a comprender cuándo su adolescente necesita consuelo y apoyo y cuándo puede que necesite un suave estímulo para tolerar la incomodidad y desarrollar confianza en sus propias capacidades.
El objetivo no es exigir a un adolescente más de lo que puede soportar. Se trata de ayudarle poco a poco a ampliar lo que cree que es capaz de afrontar.
La ansiedad en los adultos puede manifestarse de muchas formas. Algunos adultos viven con una preocupación constante. Otros se enfrentan a problemas relacionados con el perfeccionismo, las relaciones personales, la crianza de los hijos, el estrés laboral, la ansiedad social, los ataques de pánico, las preocupaciones por la salud, los grandes cambios en la vida o el miedo al futuro.
Muchos adultos con ansiedad que tienen un alto nivel de rendimiento parecen completamente capaces desde fuera, mientras que, por dentro, se sienten agotados por pensar, anticiparse, planificar y preocuparse constantemente.
La terapia ofrece la oportunidad de ralentizar este proceso. Analizamos los patrones que subyacen a la ansiedad: ¿Qué temo que pueda pasar? ¿Qué estoy intentando controlar? ¿Qué estoy evitando? ¿Cómo reacciona mi cuerpo cuando me siento inseguro o amenazado? ¿Dónde aprendí que tenía que reaccionar así?
De este modo, podemos combinar el conocimiento con estrategias prácticas para generar cambios.
Creo que, a veces, dedicamos tanto tiempo a intentar resolver la ansiedad con el pensamiento que nos olvidamos de escuchar lo que está sintiendo el cuerpo. La terapia puede ayudarnos a volver a conectar esos dos mundos.
Podemos trabajar de arriba abajo, utilizando la TCC, la introspección y la conciencia de nuestros pensamientos. Y podemos trabajar de abajo arriba, prestando atención al sistema nervioso, a las sensaciones físicas, a la respiración, al movimiento, al arraigo, a la atención plena y a la respuesta del cuerpo al estrés.
Para muchas personas, combinar estos enfoques resulta más útil que recurrir a uno de ellos por separado.
El objetivo de la terapia no es crear una vida en la que nunca sientas ansiedad. Un poco de ansiedad es normal e incluso útil. Nos indica cuándo algo nos importa y nos prepara para afrontar los retos.
El problema surge cuando la ansiedad empieza a controlar nuestras decisiones, nuestras relaciones, nuestro comportamiento o nuestra calidad de vida.
La terapia puede ayudarte a aprender a reconocer la ansiedad, a comprender de dónde proviene, a escuchar lo que te transmite tu cuerpo, a cuestionar los patrones que la mantienen y a desarrollar nuevas formas de reaccionar.
Con el tiempo, la pregunta puede empezar a pasar de «¿Cómo me aseguro de no sentir nunca ansiedad?» a «¿Cómo puedo confiar en mí mismo para afrontar la ansiedad cuando aparezca?». Ese cambio puede aportar mucha más libertad.
En mi consulta de psicoterapia, trabajo con adolescentes y adultos que sufren ansiedad, estrés, perfeccionismo, sobrecarga emocional y otros problemas relacionados. Mi enfoque integra la terapia cognitivo-conductual (TCC), la atención plena, la conciencia somática y corporal, la autocompasión y otros enfoques terapéuticos basados en la evidencia, en función de las necesidades de cada persona .
La terapia no es igual para todo el mundo. Juntos, analizamos qué factores contribuyen a tu ansiedad y desarrollamos herramientas que se adapten a tu vida, tu personalidad y tu sistema nervioso.
Si tú o tu adolescente está pasando por un problema de ansiedad , la terapia puede ofrecer un espacio de apoyo para comprender lo que está sucediendo y empezar a desarrollar una relación diferente con la ansiedad: una relación basada menos en el miedo y la evasión y más en la conciencia, la regulación, la confianza y la capacidad de elegir.
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